lunes, 13 de enero de 2014

Intramuros, La Habana asiática.

Ruinas de la Iglesia de San Ignacio, barrio de Intramuros.

   Tras disfrutar de quince días completos de plena primavera con mis progenitores llegué a la ciudad de Manila por despecho de quien intenta desesperadamente evitar lo irremediable. Más allá de sus vírgenes, iglesias y eternos rosarios, Manila es una ciudad que quien la ha visitado no la olvidará jamás y no porque no presente un skyline fuera de lo común en los recuerdos, sino porque es una ciudad poluta y corrupta con mucha desigualdad entre sus gentes y donde la pobreza es tan abultada que hay quienes la quieren maquillar como el gusto por mal vivir de sus habitantes, como si de una opción se tratase. 

   Manila es una ciudad marca España, un lugar al que puedes llegar a una planicie deforestada en medio de una jungla donde unos orientales sufren de soledad intensificada mientras levantan un pabellón enorme, donde un occidental ve un recinto para macroconciertos y un local un lugar donde esparcir la palabra de Dios por una rama poderosa de la Iglesia, la cual se encarga de requisar el 20% del salarios de sus fieles. Te hablan de 300 años de represión con sangre donde la memoria histórica de nuestro país no se remonta al 36 sino que hace de la fe católica del Concilio de Trento algo muy presente todavía. Te llevan a descubrir los magníficos rincones del barrio que mandaron construir los españoles, los cuales fueron casi destruidos por japoneses y americanos en sus posteriores invasiones, y corroboras la virtud española en diseñar edificios al tiempo que se crea trazado urbano mientras te piden posar con los residuos de la Guardia Civil que allí dejamos. Te dicen que les trajimos la religión y buenos edificios gubernamentales pero que, a ojos del viajero, no son más que elefantes blancos que van configurando el insostenible barrio de Intramuros, un lugar que bien podría llamarse La Habana asiática y metáfora histórica de la España actual.