sábado, 21 de diciembre de 2013

Naoshima, días de bicicleta.

 
   Fue de regreso de Hiroshima cuando crucé un mar lleno de medusas hasta llegar a la isla de Naoshima. Venía de comprobar que la culpabilidad histórica por el hecho de ser occidental nada tiene que ver conmigo en aquella ciudad que nunca hizo méritos propios por aparecer en el mapa, algo de lo que ya me habían avisado en el hotel de Tokio. Para mí, volver a Japón es recordar mis días de bicicleta en sus islas. Afortunadamente hay lugares que enseñan a no perder la fe en la institución donde eduqué parte de lo que son mis pasiones y uno de ellos es esta hermosa isla, un lugar lleno de iconos de la arquitectura japonesa donde, a golpes de pedales y para mi sorpresa, fui recordando benévolamente algunas de las mejores clases que recibí durante mi periodo de estudios en la Escuela de Arquitectura de Madrid.

   El primer contacto llegó desde la cubierta del barco. Un grupo de jóvenes de Osaka, quienes no evitaron las referencias mangas en sus movimientos, me hablaron del autor japonés de la primera escultura que se ve a la derecha de la entrada a la isla. Los primeros pasos que di en suelo firme fueron bajo un plano oscuro horizontal que levita en la entrada de la isla. Era la terminal de ferry. Me resultó grato reconocer a la autora de la misma. No hay que inventar la rueda cada día para hacer de algo tan simple una experiencia totalmente diferente. Nunca antes fui tan consciente de la desnudez de mis acciones producidas por la innovación de una cubierta reducida a lo mínimo. De allí salí con una bicicleta y la devoción de visitar los éxitos arquitectónicos que reconocí en el plano de la isla. A los pocos kilómetros recorridos aparté el recuerdo de ese ego con el que nos hablaban aquellos profesores en las clases de arquitectura y con el silencio de la carretera alcancé el equilibrio para dejar aflorar entre mis pensamientos magníficos comentarios de ellos, los cuales nutrían aún más el itinerario tan fructífero que me rodeaba. Me agradó muchísimo parar para que un local me mostrase dos casas tradicionales, donde bastó con descalzarme y poner los pies en sus tatamis para que con un simple juego de luces y sombras verme sumergido en el universo de Tanizaki, cuyo clímax llegaría momentos más tarde de la mano de un ciego, quien me sirvió de guía en el interior de un pabellón oscuro hasta sentarme en un banco enfrente de lo que diez minutos más tarde resultó un cuadro de luz que pareció ausente en mi llegada. Ante tanta sugestión salí de allí para seguir con mi ruta en bicicleta. Paré para palpar con mis manos esos hormigones que existen en los edificios bien hechos del maestro japonés, aquéllos que tanto inspiran a profesores y arquitectos situados a miles de kilómetros de distancia y que tanta arquitectura evocan. Pensé en las horas de estudio que dedicó uno de mis tutores mientras construía su capacidad cultural mediante libros y revistas para hilar así la historia con la que seducir a su alumnado y entonces fue cuando comprendí la buena intención que había en su quehacer el día que escuché aquellos comentarios en el aula de proyectos. Con los años transcurridos veo generosidad en lo que fueron sus palabras, quien los compartió desinteresadamente y pudo explicar con ellos cómo su interpretación de los lugares lejanos le servía para seguir con su búsqueda personal en el mundo del diseño. Regaló su imaginación a quienes estábamos allí presentes y hoy me sirven de motivación para escribir este relato. 

    Era tarde cuando aparqué mi bicicleta en la terminal de ferry por la cual entré a la isla por la mañana temprano y, a la espera del último ferry para que me pusiera de nuevo en camino de lo que era mi viaje, hice tiempo en los alrededores. Allí me encontré con el mismo japonés que me había enseñado las casas tradicionales, quien me dijo haber estado buscando autenticidad y honestidad en su viaje por España. Me preguntó por qué se hablaba de esa cubierta de la terminal de ferry en exposiciones que había visitado en Madrid y Barcelona y yo le contesté con algunos de los comentarios que había rememorado a lo largo del día, los cuales le produjeron algo de perplejidad por la manera de entender su cultura y, a la vez, un sentimiento de nostalgia de un pasado que realmente él no vivió. Ambos subimos al último ferry y fuimos alejándonos de la isla mientras seguimos hablando con la satisfacción de intentar comprender los diferentes hechos culturales ajenos a ambos, lo cual hace que la vida sea mucho más interesante. Fuera había un deslumbrante resplandor. El calor dejó de brotar de las aguas dando paso a la brisa casi nocturna de primavera. Las medusas seguían con su movilidad brillante en lo alto del mar. Y la escultura que había allí a mi llegada desapareció en la lejanía a la espera de descubrir más sobre su autor en mi viaje a Brisbane dos años más tarde. Es magnífico pensar que aquel mismo cielo azul se extiende ininterrumpidamente sobre el mundo y que lo único que lo diferencia es la inclinación de los rayos del sol en sus innumerables lugares: Kyoto, Ordos, Katmandú, Varanasi, Dubai,… El recuerdo de escenas como ésta me aparta ya de mis placeres juveniles mientras permite distanciarme durante mis visitas a países tan remotos recordándome lo que hoy en día son mis vínculos con Europa para entender el continente asiático en el que vivo, los libros.



A la espera del último ferry. 

Dedicado a Beatriz Fernández porque en aquel lugar de mi primer viaje a Japón perdí aquella chapa que me regaló de SANAA.