jueves, 21 de marzo de 2013

Jarhead, en las arenas del desierto.

    Y Qatar llegó a su fin como así también era mi deseo. Fue una experiencia grata con momentos duros. Desde allí, descubrí lugares que nunca pensé visitar. Disfruté del mundo que me rodeo y reí con él.

    Una vez, vi una película de guerra. Alguno de los altos mandos prometía el paraíso a sus soldados y éstos siempre maniobraban en estado de alerta creyendo que el enemigo andaba cerca, muy cerca. Presión y soledad bajo un sol asfixiante. Ante tanta impaciencia, algunos empezaron a perder la cabeza. La espera iba destapando viejos fantasmas y con los días afloraban nuevas vergüenzas. El enemigo nunca llegó y el paraíso nunca existió.

    Mi experiencia en Qatar tiene algo de todo esto. Un bombardeo de vivencias que produjo una falta de cordura. Tal grado de locura que, al igual que muchos otros, acabé confundiendo ese pequeño país con un estado de ánimo. Aquello es una burbuja, una tierra artificial aislada de todo que incluye un viaje intimista. Una ruta que empieza en coche desde el centro del país hasta llegar a la línea del mar del Sur. Una vez allí, con la ayuda de un quad, te diriges hacia las primeras dunas en la búsqueda de lo que los locales llaman, paradójicamente, el "mar interior", un trayecto donde vas quemando adrenalina hasta llegar a lo más profundo de tu mente. El resto del país son los sin sabores de la abundancia. Es sólo trabajo y dinero, con apenas descanso. Sol y sol con arena y arena. Dejé Qatar creyendo que aquello era un lugar tan rico donde sólo se puede apreciar la miseria que tiene el mundo. Ahora mis sienes andan ya más plateadas y he cargado mi espalda con viajes que me hacen más completo. Hay ya tantas cosas que me hacen sangrar en este mundo que, el recuerdo de toda aquella bruma no es más que el reconocimiento de mi condición humana ahogada en el tedio que se produjo al respirar las arenas del desierto.

sábado, 2 de marzo de 2013

Kuta, rojo atardecer balinés.

    Me parece reconocer bien tu rostro descolocado mientras estás rodeada de toda esta gran multitud de gente procedente de lugares tan distintos. Aquí, al igual que tú lo haces ahora, mis pensamientos se desvanecieron creyendo encontrar una luz reveladora frente a este atardecer de rojo infinito. Me hablas de la carga que supone el paso de tus años siendo al mismo tiempo consciente de lo ligero que es tu cuerpo en esta arena que pisas, y en la que crees que bien podrías dejar gran parte de toda tu memoria. Dices sentirte plena y gritas "hola" por la libertad que sientes. Ahora eres honesta y sincera, mencionas el minimalismo que te sugiere este magnífico espectáculo que es el atardecer que se muestra en esta playa cada uno de nuestros numerosos días. 

    Juro que reconozco tu aliento. Recuerdo lentamente cada uno de mis pensamientos que tuve en mi primera llegada, la sensación de que aquel viaje fue tan largo y fructífero que incluso, en mi primera noche aquí, llegué a soñar que nunca regresaría de esta isla. Fueron tantos los cambios que descubrí en mí contemplando este horizonte que me emocionaba con la idea de enseñarte un lugar al que nunca nadie te había traído. Aquí, hoy, ese pasado parece quedar muy lejos y, a la vez, me siento tan radiante de luz porque ahora tú estás aquí, y aquí estoy yo contigo.